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La contaminación del pecado




Abel y Caín aún no regresaban. Él sentía cierta inquietud que intentaba desechar. No sabía hasta que punto podía haber sido mala su decisión, su pecado en el Edén. Sabía que era mala, por supuesto, se sentía diferente, pero en ese momento no se imaginaba el alcance que tendría, comenzando en sus propios frutos: sus hijos.

Recordaba muchas veces el huerto del Edén. “Edén”, el nombre le sabía dulce en el paladar. Recordaba los lindos momentos con Eva, tirados en la hierba suavecita, con el aire tibio alrededor, comiendo frutos delicioso y recibiendo a Dios. Pero, ya no podía entrar más, dos ángeles guardaban las puertas del huerto. Dios les habló que vendría un Redentor, a limpiar sus pecados. El creyó que esto ocurriría pronto, puso toda la esperanza en Caín, que él sería el Redentor, pero era demasiado pronto. ¡Que sorpresa le tenía preparada Caín, su hijo! Desde ese asesinato, Adán comprendía cada vez más lo grave que había sido violar un simple mandato de Dios. La primera prueba dolorosa fue matar al cordero. Le veía la carita, un animalito que el mismo había nombrado, que él había cuidado y acariciado. Él, con sus propias manos tenía que quitarle la vida. Eso no era nada en comparación a como le quitarían la vida al hijo de Dios, quien lo había creado, a un Ser verdaderamente perfecto.

Caín había matado a Abel. Sintió doble tristeza Adán, perdió a dos hijos. Uno muerto por su propio hermano y el otro huyendo por el rechazo a los mandatos de Dios. El asunto se salía de sus manos. A partir de ahí vio cómo se corrompía la tierra delante de sus ojos, sintió la culpa, la responsabilidad, se sintió impotente. Los descendientes de Caín habitaban en los montes, construyeron bellas mansiones; a pesar de que el pecado hervía en su sangre eran inteligentísimos. Sus obras eran incomparables y tenían la capacidad de entender las cosas de Dios. Sin embargo por rebeldía lo rechazaban. Satanás se regocijaba en todo esto. Y Adán lloraba, lloraba por su pueblo, sufría enormemente. Vivió 930 años, es mucho tiempo. Suficiente para ver como la maldad se multiplicaba, como pisoteaban los mandatos de Dios, se olvidaban de que Él era quien les daba todo lo que tenían y que a pesar de su rebeldía, todavía los amaba y pensaba mandar a su propio hijo a morir por ellos. Por Adán también habría de morir, por él, que había desatado toda esta ola de pecado junto con Eva. ¡Que sorpresa se darían Adán y Eva si se dieran un paseo por el mundo de ahora! Por este mundo agnóstico, poblado de falta de fe, sin Dios. De burladores, de pecado en cada esquina del planeta. De fiesta, de música que adora a todo menos a Dios. De gente que habla de amor pero no lo practica como Él lo enseñó. En sus tiempos la tierra era increíblemente bella, con árboles hermosos y flores bellísimas. A pesar de que reinaba el pecado, Dios les había dejado conservar la belleza de lo que había creado, el conseguir la paz estaba en sus manos. Pero si Adán viera en lo que se ha convertido el mundo, no lo impresionarían ni los más bellos Valles de Europa, ni los mares azules de América, nada. Vería como todo se ha degradado por causa del pecado. Por causa de la iniquidad de los hombres Dios había mandado un diluvio que se llevó todo lo en verdad bello. Solo había dejado esos paisajes de ahora, para que no se nos olvidara que eso lo había creado Él, lleno de amor. Y sin embargo, todo el crédito se lo queremos dar al azar. Al maíz, al chango, a todo menos a Dios.

Novecientos treinta años vio Adán con dolor en su corazón la decadencia de la tierra por su pecado. ¿Por qué había sido tan débil de espíritu? Al ver a Eva, a la mujer que amaba, en su hermosura, en el engaño en que había caído, decidió compartir su suerte por amor. Olvidó el amor hacia el Dios que le había dado a Eva como mujer, olvidó sus promesas y mandatos, y comió del fruto. Aún amaba a Eva, la amaba con todo su corazón, conservaba sagrado su matrimonio aunque hubiera dejado de serlo para la descendencia de su hijo Caín. Pero sin duda las cosas habían cambiado para ellos. Eva sufría dolores cada vez que traía una criatura al mundo y en su relación había más peleas. Poco a poco fueron entendieron que era resultado de su pecado.

Al principio le daba miedo morir, pero ahora, consideraba misericordioso que Dios se llevara su vida y su sufrimiento. Aun así confió en Dios con todo su corazón, confió en sus promesas, conocía su carácter, sabía que estaba lleno de amor y que no dejaría a la raza humana. Se encargó de contar su historia, de pregonar entre todos los suyos que Dios era el Creador de todo y que el mandaría a un Salvador. Que siempre se le rindiera gloria y honra. Set era la esperanza. Fue el siguiente patriarca, justo ante los ojos de Dios. Habitó, a diferencia de Caín, en tiendas de campaña, por que se consideraba peregrino en este mundo, veía más allá la recompensa de los justos en las mansiones celestiales.

A Adán y a Eva les dolía en su corazón todo lo que veían, pero dice el espíritu de profecía que sin duda tendrán ellos lugar en el cielo. A pesar de su pecado confiaron en Dios. Todos nosotros somos hijos, somos de su estirpe, y ya nos llegó el Redentor. Mandó a su hijo a morir. Su hijo, que no tenía culpa en esto, decidió venir a este mundo de pecado para salvarnos. Podemos agradecerle con buenas obras, apreciando verdaderamente este acto. Compartiendo su amor con los demás. El secreto de todo es el amor, comenzando por el amor a Dios.

“Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” Mateo 6:33.

Para que Él venga pronto por nosotros, debemos compartir su amor. Todo hombre debe saber de ese amor poderoso, majestuoso, y digno de alabanza.

Y oremos cada día: “¡Señor Jesús, ven pronto!”


Ensayo basado en los capítulos 3-6 del libro Patriarcas y Profetas de Ellen G.White
Autor: Lizzy Marcela

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