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El conflicto

El mundo entero se rige por una batalla gigantesca: La batalla entre el bien y el mal.

Es la batalla más grande que puede haber en el Universo. Las películas, los libros y las canciones normalmente, si no es que siempre, tocan este tema. Aunque Satanás por medio de estos y muchos otros medios se ha dedicado a distorsionar esta batalla.  Enseña que el bien no es tan bueno y el mal no es tan malo. Cada quién inventa sus reglas y valores. Nos creemos muy sabios, morales y autosuficientes para esta tremenda tarea. Pero no es así.


En esta batalla, de un lado está Satanás, que como principal arma tiene al engaño. Él está del lado del mal, del pecado, de la mentira, de la injusticia, del odio, de la soberbia, de la envidia y de la tan famosa creencia: “confía en ti mismo, sólo tú puedes guiarte, no necesitas a nadie más”. Nuestro corazón está muy manchado como para ser éste el que nos guíe. ¡Nuestro corazón nos falla! Pero el que nunca falla es Jesús, el quiere que confiemos en Él, no solo en nosotros mismos. Quiere que nuestra seguridad este en Él, y que lo amemos más que a nuestra propia vida, la cual nos fue dada por Él doblemente: al crearnos y al morir por nosotros. Así llegaremos a amar y apreciar nuestra vida y nuestro cuerpo.

Del otro lado de la batalla está Dios, quien pelea muy diferente a Satanás. El lucha con justicia, amor y verdad. Una verdad que nos hace libres (Juan 8:32) La justicia es parte esencial de su carácter intachable, y no puede pasar por alto a aquellos  que al final del tiempo no quieran arrepentirse. Él les dio la Biblia como su palabra para que supieran como ser salvos, como ser parte de su séquito glorioso, pero no los obliga ahora, ni los obligará nunca, a que tomen la decisión de que lo sigan. A diferencia de Satanás, quien actúa con engaño y, como es más inteligente que nosotros, caemos en sus trampas y llegamos a ser fácilmente sus esclavos. Nos empuja al vacío.

¡Es fácil decidir! ¿Muerte eterna o vida eterna? ¿Qué reglas quieres seguir? ¿Qué camino quieres tomar? ¿Bien o mal? ¿Satanás o Cristo? ¿Perder o ganar?

El Plan de Redención lo clama el sol desde los cielos. Lo grita el aire y los truenos. Y aún muchos no se dan cuenta de la potencia que tiene. De lo increíble que es. Del sacrificio enorme que hizo Dios por nosotros. Jesús, el Hijo, vino, se hizo hombre, recibió rechazo, recibió traición, y burla de parte de la raza humana. Y aún, con todo eso y la terrible separación de su Padre en el último instante, Él venció la muerte para darnos vida.  El Padre tuvo que alejarse de él, porque su ira tenía que caer en todos los pecados que estaba cargando, los pecados del mundo entero. Cada mentira, cada asesinato, cada fornicación, cada depravación, cada fraude, cada palabra hiriente que sale de nuestra boca, ¡todo recayó en Jesús y Él lo cargo! Y fue una angustia increíble aparte de la angustia física, que incluía: cargar su propio peso en el madero sostenido por clavos que estaban en sus manos y en sus pies, portar la corona de espinas que se le enterraba en la cabeza, y permanecer con los latigazos que había recibido en dos ocasiones. Estaba cansado del ayuno del día de pascua, había pasado toda la noche en vela y orando, y había comparecido en el juicio de los gobernantes cuatro veces. Aparte de eso, tenía que soportar la separación de su Padre para ese momento decisivo. No olvidemos que Jesús se había hecho hombre, un hombre como nosotros, pero sin pecado, que consiguió la perfección (Hebreos 5:9), pero en fin un ser de carne y venas. Sintió el peso de todo, un peso más grande del que podemos comprender. El destino de la humanidad estaba en sus manos. Los ángeles lo veían, todos los mundos lo veían, ¡querían que venciera y así resultó! Cristo desde el principio sabía todo lo que el Plan de Redención incluía, este fue creado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:18-20), aun así siempre estuvo dispuesto, porque sólo por Él, solo por una vida tan preciosa como la suya podíamos ser salvos. Pagó nuestra deuda, y terminó con la muerte eterna.

¡Qué paradoja tan bella! La muerte de la muerte, y la vida de la vida.

Dios quiere que todos se salven (1 Timoteo 2:4). Jesús puede salvar completamente a los que se entregan a Él (Hebreos 7:25). Dios no tienta a nadie y Él no puede ser tentado (Santiago 1:13), es eternamente perfecto y justo, invencible, inmortal.  Y la sangre preciosa de su Único Hijo expió los pecados del mundo por una vez y para siempre, venciendo la muerte (Hebreos 9:26).

La guerra está ganada. La victoria es de Dios. La victoria es del amor (Dios es amor. 1 Juan 4:8). La victoria es de la verdad (Yo soy el camino, la verdad y la vida. Juan 14:6). El destino de Satanás esta predicho: será destruido eternamente, él y los que hayan pisoteado la ley de Dios. (Job 21:29-30). La muerte se venció (1 Corintios 15:26).

Lo que falta por decidir, está en las manos de cada ser humano: el camino que tomarán y el ejército del que serán parte.

Cree en el Salvador. Dios nunca miente (Hebreos 6:18).

“Y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para Aquel que murió y resucitó por ellos”  (2 Corintios 5:15)



Autor: Lizzy Marcella Hernández Soto


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